Life’s traveller

El parto

August 10, 2008 · Leave a Comment

Era curioso como las decisiones llegaban a ella. Llevaba tres días enfrascada en la lectura de una novela. Tres días manteniendo su atención y su imaginación lejos de su vida cotidiana. Cuanto más lejos se sentía, más necesitaba leer.

 

  El último día había sido agotador. No se había separado del libro hasta agotarlo. 767 páginas en 3 días. Su mente no paraba quieta. Sólo podía seguir leyendo e imaginarse espectadora activa de esa realidad que no existía. A media lectura y sin proponérselo le llegaron las respuestas a sus preguntas. Qué jodía era su mente, se decía con una sonrisa en los labios, sin dejar de pasar las páginas. Bastaba con que se dedicara en cuerpo y alma a descifrar sus incógnitas para que no pudiera resolver nada y justo cuando derrochaba su energía en otra cosa, entonces aparecían las respuestas de la nada y con la misma lógica aplastante con la que sabía que ese día se estaba acabando y que mañana sería otro día.

 

  Había sido un parto difícil, pero fructífero. Mientras ella estaba escondida en algún lugar de la antigua Mesopotamia, siendo espectadora de una trama inverosímil pero cautivadora, su mente había llegado a varias conclusiones:

 

1.     No echaría a perder un trabajo al que se había dedicado con más o menos pasión durante los últimos años. Decidía sacarlo con la mayor dignidad que le fuera posible, trabajaría a destajo sabiendo que fuera cual fuera el resultado, la decisión ya estaba tomada y que si lo hacía así era por propia convicción y porque no quería abandonar el barco sin descubrir su verdad y lo que realmente le había devuelto en algo la ilusión de estar en ese proyecto.

 

2.     Se pondría a trabajar inmediatamente, porque su cuerpo así se lo pedía. Había convenido necesario hacer caso de lo que su jefe le dijo. No le gustaba la decisión, pero dadas las circunstancias era lo más inteligente. Además, quizás sería una buena decisión después de todo. Tenía una deuda pendiente con ese país y no le gustaba irse de un sitio sin haberlo visto por dentro.

 

  Allí había quienes la miraban con recelo, pero ahora que tenía el plan claro le importaba un bledo. Le molestaba más la actitud de su compatriota hacia ella. Ella era de su misma especie, sólo que a diferencia de la expatriada, ella no había encontrado, bien sabe ella por qué, lo que le motivara a trabajar con devoción. Ella intuía su falta de motivación y por eso se mostró reacia a aceptarla de nuevo. Hablaría con ella de sus planes llegado el caso, siendo sincera. Prometería no molestarla en la medida de lo posible y que trabajaría lo que fuera necesario para que al menos ella pudiera sacar tajada del trabajo que se había realizado hasta la fecha. Pero le dejaría claro que no quería seguir en este mundo, al menos no de momento y que se proponía buscarse la vida desde ese lugar, que se le antojaba ahora y tras horas de meditación indirecta, el mejor sitio para buscar algo en sus países de interés.

 

 Lo más difícil sería convencer al otro jefe, pero al menos contaba con el visto bueno del otro y sabía que de forma en que lo planteara dependería todo.

 

3.     En cuanto a su trabajo actual. Se propondría un ritmo de trabajo que empezaría a las 7 de la mañana y terminaría a las 6 de la tarde. Ni una hora más tarde. Si era necesario dedicaría dos tarde-noches a pasar resultados y el sábado a escribir.

 

Sabía que debería enfrentarse a los comentarios cínicos de los que se creen superiores por el simple hecho de haber llegado un escalón más arriba, pero tenía que ser fuerte. La meta era clara, el resto eran simples perturbadores de su paz y de su meta. Aceptaría de ellos sus consejos y su experiencia, ignoraría la risa burlona de quien la creía poco capaz y desahogaría su frustre con el deporte. Más que nunca necesitaba equilibrar el corpore con el mens. Sería un año complicado, pero no estaba dispuesta a rendirse. Lo tenía bien planeado. Había aplazado su gran viaje y en su lugar utilizaría el dinero para vivir unos meses hasta que encontrara algo. El otro dinero sería utilizado en pequeñas escapadas restauradoras de mentes quemadas y que iría administrando adecuadamente, junto con los días que le quedaban de vacaciones. Y ante todo, no haría nada sin ganas. La meta era clara, pero no por ello pensaba desahuciar su juventud.

 

4.     Había encontrado la razón real de su desazón. No odiaba la ciudad que la había visto crecer durante los últimos 18 años. Odiaba lo que representaba. La ciudad representaba la separación de su familia. Tanto físicamente, con los que se quedaron allí, como emocionalmente, con los que fueron pero no dieron. Quería odiar a sus padres por no haber evitado la tragedia, quería odiar a su hermano porque a pesar de los años transcurridos seguía chupando la sangre y el monedero a sus padres. Quería odiarles a todos por no ver en lo que la habían convertido. Pero no obstante les quería. Sabía del esfuerzo que dos chicos no preparados habían hecho para procurarles a sus hijos la oportunidad que ellos no habían tenido. Habían olvidado lo fundamental, pero quién era ella para recriminarles nada. De una cosa estaba segura, si quería reconciliarse consigo misma y con su familia, debía irse. Y no le valía la misma ciudad. Eso le recordaba demasiado todo y no podía soportarlo. Se iría lejos, donde ni los gritos, ni las negativas, ni las losas que la sociedad le estaba imponiendo pudieran alcanzarla. En parte le gustaba la idea. Era lo que siempre había soñado. Pero le daba miedo saber que si su empresa fracasaba, no sólo fracasaría en la fachada, sino en los cimientos. Si eso ocurría no podría volver. Si lo hiciera no lo soportaría y entonces rompería el último vínculo que le quedaba con su país y con lo que le hacia medio humana. Y no quería eso por nada del mundo. Por eso tenía miedo, pero no podía dejar que el miedo la paralizara. Sabía que podía. Sabía que podía gracias a algo que sus padres siempre le inculcaron aún sin ellos saberlo.

 

 

Perseverancia. Trabajo y fuerza de voluntad. 

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