Life’s traveller

Sucesos paranormales

November 18, 2007 · 9 Comments

Justo el díá antes de enamorarme perdidamente (voy a descartar el enamoramiento por ser guiri, ala) salí un poco por ahí y me tomé unas cuantas cerves. El efecto del alcohol en el cerebro todavía no está bien descrito. A veces me da por ahí, otras por aquí.

Pero ese jueves me dió por escribir chorradas. Nunca he sido de escribir diarios, pero de escribir chorradas cuando voy semi borracha sí.

La “perla” que escrbí fue la siguiente:

Qué rápido pasa el tiempo.

Eso es buena señal. Significa que ahora no te pesan los segundos como si fueran años enteros. Sabías que ocurriría y deseabas que ese momento llegara cuanto antes, aunque sabías que no sería fácil. Muchas lágrimas que derramar y muchos recuerdos que ignorar. Pero de cosas peores has salido y si algo has aprendido es que para todo hay salida, y que sólo hace falta esperar un poco de tiempo. Esperar. Un poco más. Sentir el paso del tiempo como losas que te pesan cada vez más. Cuando crees que vas a morir aplastada, de pronto y sin saber cómo, no notas más el peso. El tiempo sigue pasando, pero ahora ya no lo notas.

Ahora ya no es lo primero en lo que piensas por las mañanas, ni lo último por las noches. Has recuperado de nuevo las riendas de tu vida. Nunca debería haber sido de otra forma.

No obstante, a pesar de todos los logros, es en momentos como este en los que te apetecería hablar con él. Como si nada hubiera pasado. Como si todos y cada uno de nosotros tuviera el poder de sufrir amnesia y empezar de nuevo en cada momento. Regenerar lo estropeado. A veces de forma tan estúpida e innecesaria. Añoras oír su voz, hablar con él y reírte de lo criajo que es a veces, a pesar de lo enorme que es, y a la vez sorprenderte de lo maduro que puede ser en otras circunstancias. Como si fuera imposible que todo esto pudiera estar en la misma persona.

No sabes todavía qué es exactamente lo que añoras, pero hay momentos en los que darías cualquier cosa por saber cómo le va todo. Pero de verdad. Como dos amigos hacen. Sin el típico “qué tal?” de rigor y el “bien, no me puedo quejar”, tan propio de personas extrañas. Sin máscaras. Entre amigos no es necesario llevar máscaras. Aunque las lleves, se caen. Quieres saber cómo le va realmente, cuáles son sus planes, qué cosas le ilusionan en este momento y quizás, por qué no, saber si todavía se acuerda de ti a veces, como tú lo haces de él. Si guarda un buen recuerdo de las cosas que vivisteis.. No siempre lo reconoces, pero te da miedo pensar que para otras personas tan sólo hayas sido como una tormenta de verano. Alguien que subió en un vagón de sus vidas y que bajó en una estación sin tan siquiera grabar una huella en ellas. Te gustaría incluso vender tu alma al diablo para poder hablar con él, si tan sólo por 5 minutos, sin máscaras, sin malos rollos, como si pudieras darle al rewind de tu vida y plantarte de repente en el momento en el que las cosas eran como nunca tendrían que haber dejado de ser. Pero sabes que eso no es posible. Hay momentos en la vida en los que hay que recuperar el orgullo que has derrochado en otras ocasiones. No te avergüenzas de ello, porque todo depende de la situación, pero enough es enough para todos en un momento dado.

Mientras tanto, seguirás soñando en esa conversación que te gustaría tener con él. Te imaginas tomando un café en un sitio cerca del agua. No lo ves claro, pero quizás sea un canal. Hay gente que va en bici por todos lados y se respira tranquilidad y un ambiente gezellig. El tipo de ambiente que permite que haya un puente entre lo que piensas y lo que transmites. Sólo se da en contadas ocasiones.

Desgraciadamente eso es tan sólo un sueño. Pero de sueños también se vive. Y qué es la vida, sino un sueño…

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Y aresulta que, por si no tuviera bastante pena de quedarme un sábado en casa (elección propia, eso sí), trabajando e intentando recuperarme del resfriado que acecha (no ha servido para nada)…resulta que sobre la una de la noche me aparece un fantasma vestido de icono verde. Malditos iconos. Llego a la misma conclusión que he llegado otras veces que he podido hablar con el icono verde. Sigue tan sumamente gilipollas como antaño. Y yo también, porque tampoco le hago la puntualización y dejo que me joda, metafóricamente hablando, eso sí.

Pensando un poco he llegado a la conclusión de que: 1. Necesito estar más tiempo sola. Porque si no el trabajo se va a ir al garete y no estoy para ralladuras mentales antes de tiempo. 2. Hasta que no sea capaz de decirle, de buen rollito, que deje ya de faltarme al respeto, que no soy imbécil y sé cuáles son sus intenciones y que me parece un gilipollas descomunal y que para eso prefiero que ni me hable, total pa qué?, ¿pa cagarla? Pues eso. ¿qué puedo perder? lo perdí todo hace ya tiempo, así que sólo puedo ganar un poco de dignidida y de paz espiritual, que no es poco. Lo único malo es que lo de crear conflicto y hacer que otros se sientan mal se me da mal. Por ello suelo soportar que otros me hagan sentir mal.

Ahg.

Categories: Rollo cutre introspección · Ver para creer

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